RESEÑA: "Las chicas", Emma Cline


Lo que Evie no se espera es el rechazo. Una vez tras otra, con Peter, con Suzanne, con Connie en la feria, hasta con sus padres, más preocupados por rehacer su vida tras el divorcio que por ella. Evie no deja de sentirse apartada, olvidada en un mundo en el que todavía no ha encontrado su lugar, un mundo que lo único que hace es darle consejos sobre cómo conseguir al chico de sus sueños, y que no hace más que situarla a la sombra de su abuela, antigua actriz de Hollywood. Y es ahí, en pleno 1969, donde tiene su primer encuentro con las Chicas. Las ve llegar en el autobús escolar negro, contrastando con el cielo azul y la monotonía del parque. Son un pequeño atisbo de ‘lo que podría haber sido’, de una vida libre donde no se necesitan consejos para conseguir al chico de sus sueños, porque podría convivir con Suzanne, la chica del grupo a la que admira, y hasta cree que ama tras unos breves encuentros. Es por esto que no duda en robarle dinero a su madre para ser aceptada por ellas, ni le da importancia a la suciedad que rodea al rancho una vez la llevan hasta allí. De hecho, Evie prefiere esta realidad alternativa. En parte porque está cerca de Suzanne, pero también porque se siente querida, observada, integrada.
Claramente, Evie es diferente a las demás chicas, las cuales son parte de ‘la Familia’ sola y exclusivamente por Russell, pero coinciden en algo: al pasar a formar parte de esta Familia, es cuando sus vidas parecen cobrar sentido. Por primera vez eligen el rumbo que van a tomar, por primera vez el mejor plan del que Evie dispone no es fumar marihuana robada en la habitación de Connie.
La madre de Evie nota que se está descontrolando, pero no hace nada por evitarlo. Se esconde tras Frank, su novio más reciente. Y eso hace que la chica pierda todo el respeto por ella que le quedaba. Por su madre, y por su vida anterior. No duda en llevar a Donna, Helen y, por supuesto, Suzanne, a la casa de sus vecinos, incluso ante el peligro inevitable de ser sorprendida en el acto. Tras el allanamiento, recluida con su padre y Tamar, la joven pareja del primero, en Palo Alto, vuelve a adentrarse en una monotonía inofensiva, pero sin olvidar la vida en el rancho. Y ve la realidad como es, comprende que una chica como Tamar no tiene nada que hacer en un apartamento barato con un hombre como su padre. Sin querer enfrentarse a este hecho, vuelve al rancho y a su dimensión alternativa, con la mala suerte de coincidir con la explosión de Russell. La vuelta de tuerca de la que casi no consigue salvarse.
Russell, harto de las largas de su supuesto amigo y músico, ordena a las chicas ir hasta la casa de Mitch y acabar con él y con todo aquel que se cruce en su camino. El productor no se encontraba en la casa esa noche, pero eso no impidió el brutal asesinato de Scotty, el guarda; de Gwen, su novia; de Linda, ex de Mitch, y su niño de cinco años. Ese asesinato, marcado con el corazón de sangre, que a su vez marcaría el futuro de la Familia y todos sus integrantes. La matanza que se quedaría para siempre en la historia de Estados Unidos, anclada en la California de los años 60. Una matanza que en la vida real atribuimos al nombre de Charles Manson, y no al pseudónimo de Russell. Una matanza de la que Evie consiguió librarse, pero que nunca olvidó.
·      Evie y las demás
        En esta novela, Emma Cline tiene el propósito de darles voz a las mujeres que han quedado de cierto modo eclipsadas por liderazgo de Manson, que han sido tan protagonistas como él pero son recordadas como meros instrumentos. Busca sumergirnos en la perspectiva femenina de la historia, creando un relato libremente inspirado en el episodio del crimen realizado por las tres chicas miembros del clan. Crea una narradora joven, influenciable y fácilmente impresionable: Evie, de 14 años. Como ya hemos mencionado, Evie es una chica que se siente desplazada, que está cansada de la rutina en la que se ha convertido su vida y busca algo más. A pesar de ello, la narración de Cline presenta un problema, y es que durante las primeras 200 páginas, la protagonista no tiene sustancia, es anodina. Se convierte en un boceto del estereotipo de chica adolescente mediocre y confusa, pero más que transmitirnos el mensaje de ‘esto le podría haber pasado a cualquiera’, convierte a Evie en una sosa caricatura de lo que es la adolescencia. Llena las páginas de deseos huecos de rebelión y malas decisiones de una forma que más que resultar próxima, se transforma en lo contrario, en poco creíble y altamente irritante.
Muchos críticos alaban, sin embargo, la profundidad psicológica de los personajes de esta novela. No podría estar más en desacuerdo, salvo en un aspecto. Una vez más: Evie. Si bien considero que la protagonista durante su etapa pre-Suzanne es algo intragable, lo que si que ha conseguido Cline es reflejar su evolución. Como para Evie lo que está viviendo es una especie de sueño hecho realidad, abrir los ojos le produce un shock tal que cambiará su personalidad al completo. Cuando su vecina la encuentra en su casa junto a las otras tres chicas y consigue retenerla, la joven, al ser enviada con su padre y Tamar, siente por primera vez cómo es recibir un castigo. Concibe en su mente el concepto de acto y consecuencia. El problema es que la autora solo se centra en ella. Suzanne, Donna, Helen, Roos, Connie, incluso el propio Russell, no son más que arquetipos al lado de Evie y su profundidad.
Pero así la vemos madurar, manteniendo conversaciones sensatas con Tamar cuando en sus encuentros anteriores tan solo la miraba con admiración, desde lejos. Por otro lado, Evie vive con su padre en contra de su voluntad, y esa necesidad imperiosa de pertenecer a algo no tarda en volver a la carga. Lo que de verdad hace que muestre un giro de 180 grados es el abandono de Suzanne. Alguien a quien tenía en un pedestal y que correspondía de igual forma a sus atenciones, o, al menos, eso creía, la excluye al echarla del autobús, y, nuevamente, Evie se ve sola. La diferencia con la supuesta traición de Connie al principio de la novela es que la joven sentía algo por Suzanne y la tenía en demasiada alta estima. Así que verse abandona en una carretera en medio de la nada supuso el verdadero golpe que la catapultó al mundo real. Es por ello que cuando las chicas van a buscarla al internado una vez cometidos los asesinatos, Evie se niega a ir con ellas, más tentada por el sabor de una vida corriente y tranquila, honesta, que por el del peligro y la novedad. A su vez, también arroja luz sobre la actitud de la Evie adulta, la que vive sola y aislada, esta vez por elección propia. Se convierte en lo que su yo más joven temía ya que tiene miedo de que Suzanne le dé la misma importancia que ella a su negativa de acompañarles y vayan tras ella. Intenta encajar, ser uno más, pero no porque se sienta diferente, si no porque realmente lo es.
Otro aspecto que le resta calidad a la novela son precisamente estas apariciones de la Evie adulta durante los primeros capítulos, combinados con los sucesos del propio año 1969 y los recuerdos de su pasado. A medida que avanzamos, la línea temporal se va haciendo más y más clara, pero el recurso constante de mezclar pasado, presente y futuro lo único que consigue, en mi opinión, es generar confusión y ralentizar la lectura. Sucede todo lo contrario cuando nos centramos en un espacio temporal concreto, como en el desenlace del libro.
En su totalidad, Las chicas parte de una idea prometedora, que, desgraciadamente, solo consigue a medias. Lo ideal sería empezarlo sin ningún tipo de expectativas. De este modo, el lector podrá disfrutar de la variedad del lenguaje de Cline, que sabe plasmar a la perfección el proceso de madurez con solo palabras, que es capaz de trasladarnos con un párrafo al remolque lleno de inmundicia de Russell sin que nos resulte demasiado desagradable. Este proceso de abstracción, por llamarlo de alguna forma, ahuyentaría a los que esperan encontrar macabros pasajes sobre Manson, o un profundo análisis sobre las misteriosas figuras de las Chicas de Charlie. Este no es un libro con información nueva sobre un caso ya más que resuelto, si no el retrato de aquellas figurantes de la Familia que pasaron desapercibidas, mujeres corrientes que no cometieron otro crimen que el de ser jóvenes y dejarse seducir por el camino equivocado.

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