Autorretrato II

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"Quizás a medida que vamos creciendo nos vamos transformando en diferentes elementos, y lo que antes era agua ahora es un fuego abrasador."

Cuando el cielo se prende y arde, y se extiende por toda la ciudad, nos parece hermoso, pero cuando eres tú misma quien se consume te califican adjudican una señal de peligro. Si cada día comienza y acaba con un incendio en el firmamento no entiendo por qué mis llamas se han ido reprimiendo con el paso de los años, por qué se han visto coartadas por mil y un cubos de agua. La hoguera desgastada que siempre vuelve a arder, aunque pasen años, lustros, siglos o milenios, sigue ahí. Las cenizas pueden volar y situarse en mi pelo, enredarse en cada mechón susurrando ‘recuerdo’, pero las chispas nunca dejarán mis ojos, brillarán por siempre en el fuego contenido de un mechero, en la antorcha que ilumine mi futuro ya escrito, o en la combustión que acabe con el bosque de árboles de especie dificultad. El fuego hay que aprender a controlarlo, pero no eso no significa que haya que apagarlo. Por lo tanto, esta es la promesa de la llama eterna, del resplandor dorado de mi piel y de los pensamientos pirómanos. La sangre hervirá pero esta vez no tengo que controlarla; no olvidemos que las estrellas más brillantes son las que arden con más fuerza. Si quiero, alguna vez, ser el Sol para alguien, arrojar un poco de luz sobre la situación, alumbrar infinitud de caminos, no puedo seguir reteniendo llamas en mi caja torácica. Mi corazón no puede seguir a cien grados sobre cero, no puede seguir haciendo temblar la tapa de la olla si luego mis acciones tienen que semejar estalactitas. Roma no se construyó en un día pero Pompeya tardó poco menos en desaparecer.

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