Cuesta ponerle título a un sentimiento

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Cuesta admitir los cambios porque tememos lo que pueda pasar, y no queremos perder el control. Esa fuerza ficticia que nos otorga la sensación de ser casi dioses, de tener el poder de destruir ciudades, y de construir océanos. Aguas donde podamos nadar hasta que nos cansemos y, después, abandonar todo pensamiento y hundirnos, dejarnos llevar con las mareas, depender tan solo de la posición de la luna en una noche serena. Una botella sin mensaje, una respuesta que vuela entre la brisa marina. La luz se entrecorta mientras descendemos como un naufragio de mil tripulantes, aunque esta vez no haya ni rastro de delfines que puedan rescatarnos, y llevarnos sanos y salvos a la orilla. ¿Por qué querría nadie dejar la vida marina? Ojalá ser pirata para siempre, vivir del mar y de sus habitantes, fingir hasta convertirse en uno de ellos. La vida tiene mil y un significados, pero el océano tan solo posee uno: el que tú decidas darle. Así que coge al destino de los pelos, y arrástrale hasta la bañera más cercana, siente el crecer de la adrenalina mientras hundes su cabeza en el agua helada, siente el temblor de todo su cuerpo, la desesperación, que, en poco segundos, podrá traducirse por resignación, y por fin la calma acariciará cada uno de los rincones de tu cuerpo. Sigo escuchando tu melodía en el silencio infinito del mar. Pero ahora ya puedo cerrar los ojos, porque en breves dejaré de escuchar.

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