Adelie y Elías III

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  Las notas se enredaban en su pelo, creando espesos y enrevesados tirabuzones huracanados. El viento, suave y fresco, traía olores invernales, de esos que se te quedan pegados a la piel, a los abrigos y a las bufandas que después se quedarían en el armario. Ella no llevaba abrigo, no llevaba bufanda, no llevaba guantes, no llevaba gorro y no tenía frío. Era un raro espécimen y por eso a Elías le desconcertaba tanto. ¿Cómo podía no tiritar, no encogerse sobre si misma, buscando calor, no pedirle a alguno de sus amigos la cazadora?
 En el momento en el que salía por el gran portalón, se giró. Esa sensación de sentirse observada era inconfundible. Elías pensaba que allí, entre las ramas de los árboles sería imposible descubrirle, pero ella se le acercó igual, como si siempre hubiera sabido que la observaba desde allí.
-¿Por qué estás siempre solo?
-No estoy siempre solo.-contestó, sonriendo.
-¿Quieres venir a por un chocolate?
 Antes de contestarle, la mirada de Elías se dirigió hacia la enorme puerta donde los amigos de ella la esperaban, mirándola con curiosidad.
-Tranquilo, ellos no vienen.-dijo, adivinando sus pensamientos.
-Entonces vale.
 En otra parte de la ciudad, más hacia las afueras, Adelie corría para poder llegar a la cafetería en la que siempre estudiaba. Era una mujer de costumbres fijas.
 Abrió la puerta apresuradamente, con el codo, casi abalanzándose sobre el pobre señor calvo que en ese momento salía al frío invernal de la calle.
-¡Lo siento!
Dejando todas sus cosas sobre la mesa, se acercó a la barra de mármol para pedir su café. Era un día de mucho movimiento, la gente iba y venía, con tazas de chocolate caliente, churros, pasteles, refrescos mientras intentaban no quemarse las manos con el recipiente. Una señora mayor, sentada junto al cuadro del velero, miraba distraídamente su taza de té. Parecía como si ahí dentro pudiera encontrar la respuesta a cualquier cosa. “Una adivina” pensó Adelie, recordando los libros que tanto le gustaba releer unos años atrás, los de un niño mágico con una cicatriz. La señora llevaba un pañuelo morado, con medallitas colgando de los flecos, anudado en la nuca que hacía de una especie de diadema. Era menuda, frágil, casi parecía de cristal y la larga túnica con bordados plateados que llevaba no la hacía sino más pequeña.
-Aquí tiene su café.-Llegó el camarero, como si fuera su odiado despertador, y la sacó de sus ensoñaciones. 
 “Ahora, a estudiar”, se dijo mientras volvía a la mesa y se centraba en las características principales del arte grecorromano. Mientras, el olor del invierno se colaba entre las rendijas de las persianas y hacía bailar los cabellos de los clientes del local. “Qué frío es noviembre”, pensó.

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5 comentarios

  1. Ay, como adoro a esta parejita <3

    (¡Momito quiere un Elías para ella!)


    (mimos)

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  2. Aaaantes de nada, mil perdones por ser tan tonta de no haberme pasado por aquí en mucho tiempo. Uuuum, me ha encantado *_* Pero tengo algunas cosillas que aclarar contigo...
    1. Lo de la cazadora me resulta SOSPECHOSAMENTE FAMILIAR...
    2. Lo de que esté solo, y que la chica le invite a tomar un chocolate... ¿De qué me sonará eso?¬¬
    3. Lo de la adivina^^ Esa parte me gustó mucho:P
    4. Y no creo que hayas empezado a estudiar Soci... ¡¡SO VAGA!!
    Un beeeeeeeeesito;)

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  3. Pero se hace menos frío leyendo relatos tan precisos como éste :)
    (las fotos son preciosas)
    Un beso enorme bonita!

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  4. Jolín, que tiernos son!
    Están tan llenos de vida...
    Da gusto leer cositas así los días de lluvia.

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  5. holaa te voy a dar una sorpresita por lo bien que escribes :) pasate por mi blog
    a muy tierna la relación entre Elías y la chica jejeje

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