23/06/2016

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 Si el reloj da las doce y todavía no te has levantado podemos dar ya por sentado que es uno de tus días malos. No puedo dejar de referirme a ti, aunque nunca contestes, aunque nunca te des la vuelta, aunque ya ni sepa quién eres. Porque dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y yo más bien ya lo he perdido todo.
 Tengo la impresión de que me he quedado atascada haciendo lo último en lo que puse empeño: despertarte. Ya no sirvo para nada, me quedo atrapada en la mirada imaginaria de tu espalda, o en el frío gélido de las pupilas de tus párpados.
 Se suele comparar el tiempo con el reloj de arena que lo mide: granos cayendo continuamente, protegidos por un cristal que no nos deja acceder a ellos, controlarlos. Para mí el tiempo es más bien una línea recta, una carretera, tal vez, que nunca curva ni gira, que llevas recorriendo tanto tiempo que ya no sabes si te estás moviendo o no, que has olvidado lo que eras al principio del viaje. Yo ya no sé quién eras. No sé quién eres. Pero tampoco sé quién soy.
 Solo sé que sigo aquí, y que no me moveré hasta que un día de estos el reloj dé las doce y sea yo quien me despierte, y tú el que está levantado porque, por fin, mis todos han escapado de tus pestañas, y han encontrado otro hogar.

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